martes, 30 de marzo de 2010

Tempus Fugit


La niña se sentó en la silla de terciopelo rojo, no debía tener más de seis o siete años. Se giró hacia la ventana como si intentase perder de vista el miedo, la desesperanza y el vacío que yacían en aquella vieja cama con dosel. Apenas había visto a aquel hombre que intentaba mantener las últimas bocanadas de aire dentro de sus pulmones envejecidos, no obstante Carly sabía que era su abuelo.
Observó la cara del anciano y vio los mismos rasgos de su padre pero desdibujados, como escritos en un papel arrugado y castigado por el paso del incesante tiempo. Sin pensarlo dos veces cogió la mano de su abuelo y supo, aunque fuese vagamente, que su abuelo necesitaba esperanza, necesitaba que le quisiesen mientras él cruzaba el umbral de aquella puerta de camino incierto. Con las últimas fuerzas que le quedaban al anciano le indicó a Carly que cogiese el pequeño y plateado reloj de bolsillo que reposaba en la mesilla de nogal. Pulsó el botoncito y el reloj, obediente, se abrió mostrando una inscripción "Que bonito sería si el tiempo se parase para siempre".
Carly estuvo tentada de destruir el reloj, ya que ella entendió que esa era la única opción que le quedaba a su abuelo de salvarse de las frías garras de la dama Muerte, pero no lo hizo. Así que, mientras el latido de la vida del anciano se apagaba, Carly pensó en lo triste que se sentiría la familia del Tiempo si de repente muriese como su abuelo...

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